Hay ocasiones en las que se posibilita la coincidencia de una serie de elementos, conscientes o no, que armonizando en tiempo y lugar, favorecen la capacidad de creación que posee el individuo. Esta  torre, es el resultado de un proceso complejo protagonizado por la arquitectura. Gestada en los años sesenta del siglo XX materializa una idea llena de  contenidos emocionales. Es la instantánea de un momento que nos ofrece un objeto extraído de un proceso. No es una escultura, es una lección de arquitectura. Gris y única, de imagen rotunda y potente, cargada de significados desde sus comienzos y viable gracias al esfuerzo y la estrecha relación entre las diferentes partes  que intervinieron en su creación.

Con cuidado delicadeza y sensibilidad se muestra respetuosa con el suelo que la acoge. Consciente de su  peso, se deprime levemente invitando a su acceso con cortesía natural, dejándonos descubrir que bajo ella suceden cosas y conduciéndonos desde lo público a lo privado, con una economía de espacio donde el vacío es valorado por los límites que lo confinan. Cruzar la puerta, nos introduce en sugerentes lugares por los que nos deslizaremos sorprendiéndonos a su paso con determinados y sugestivos espacios. La relación con el exterior la determina la vivienda, donde sus terrazas, elemento fundamental de la unidad y el conjunto, proporcionan el umbral necesario para la intimidad de lo privado. Cada pieza elige la ubicación y el tipo de apertura e iluminación que del exterior quiere tomar. La ciudad se percibe desde la distancia sabiendo que se hace desde un lugar. En lo público, la ventana se convierte en mirador y en lo privado, la terraza determina la posición que permite la dialéctica sobre mirar y ser mirado.

Quizá uno de sus mayores logros sea como alcanza su máxima altura rebosando, conquistando el cielo con laureles. Hierática materialidad de una masa–volumen donde se concreta una expresión liberada de cargas; síntesis y colofón a un arduo proceso de gestación. Mucho hay que enredar sobre el papel con el lápiz, en el intento de búsqueda por clarificar lo confuso de la memoria, para llegar a una organización de ese tipo donde cada una de las piezas encuentra su sitio.

Convertida en referencia dentro de la ciudad, es capaz de generar diversos análisis para su comprensión en función de la distancia desde la que se observe: en la lejanía define una cornisa, dejando en la retina la imagen de su silueta con el deseo de acercarse a sentirla; en la cercanía, el hormigón que le dio forma logra su máxima expresividad y la conjunción de materiales se produce sin interferir a la totalidad. Ninguna resolución parcial limita o condiciona al conjunto, aportando estrictamente aquello que de ella depende. Ante su presencia, la potencia y el poder expresivo que emana, emociona, altera y estremece y según se analiza, y más en los tiempos actuales,  adquiere la dimensión del volcán que atesora los contenidos guardados a lo largo del tiempo.

Cuidemos estas especies. Torres en vías de extinción de difícil repetición; que su sonido, entre natural y sintético pero con timbre propio, pueda seguir escuchándose; que su capacidad de alumbrar nos permita reflexionar sobre las incapacidades que generan vacuidades. Respetemos al árbol del que salieron las tablas con las que se levantaron sus paredes y en las que quedó impresa su huella, de igual manera que nos queda el recuerdo de la mano de un maestro.

(publicado en el número cuatro de la revista sinmarca)

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