objetos perdidos
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Hay ciertas imágenes, que aparecen y desaparecen de nuestro entorno, mientras permanecemos ajenos a las capacidades paralelas que pueden generar. Pienso en aquella que en los viajes y junto a otras, formaba parte del conjunto de elementos que nos conducían por el camino: me refiero al tendido telefónico. El conjunto de hilos, fijado a los postes mediante separadores distribuidos uniformemente sobre travesaños, evolucionaba rítmicamente girando por grupos para equilibrar los campos que se producían entre ellos.

La visión de cada catenaria, acompañada en el giro por la de sus tres contiguas cada cierto intervalo, dejaba leer armonías que se asociaban en sintonía, como si de armónicos visuales se tratara. Los hilos fluían y adquirían entidad propia; libres de su condición de apoyo, formaban un continuo independiente que les proporcionaba una capacidad de percepción, en la que seguramente no se pensó al realizar su instalación, y desde luego, diferente de la razón por la que se encontraban allí.

La relación entre el número de hilos, calibre de los mismos, intervalo de los giros, secuencia de los postes, grosor de estos y velocidad del viajero, establecían un dialogo entre partes que generaba en ellos la capacidad de ser objeto de observación. Diversas entradas aleatorias, percibidas y ordenadas por quien descubría su presencia y las observaba con una intención, adquirían valor. Valor que cambiaba cuando alguna de ellas se modificada o desaparecía; si el observador se detenía, la apreciación quedaba anulada.

Ahora, pasado el tiempo, un cable grueso sustituye a aquel grupo de hilos. La percepción es igual desde el vehículo que desde una posición estática. El grosor del cable se aproxima al del poste que lo soporta, poniéndolo en relación directa con él y haciéndolo gravitar inevitablemente, recordando y reforzando su condición de apoyo. Si cuando se realizó el tendido de aquellos hilos, no se tuvo en cuenta esa capacidad que podían tener de ser observados, de igual manera cuando se quitaron, no se pensó seguramente que con ello desaparecía una forma de ser valorados; de descubrir algo, que solo el azar podía contar con ello.

¿Cuántas apreciaciones se escapan, sin que ni siquiera lleguen a la luz de aquellos a los que se supone con la capacidad de percibirlas?

Parece lógico, que desde una actitud creativa, tengamos momentos en los que encontremos, en lo ya conocido, valores determinados por consideraciones estéticas. Pero no lo confundamos con la creación artística. Si en el proceso creativo forma parte importante lo aleatorio y lo casual, es normal que surjan -objetos perdidos- que fueron pensados en condiciones ajenas a la expresión artística, para los cuales siempre encontraremos cazadores que se los apropien como objetos artísticos, por el simple hecho de codificarlos desde una consideración plástica y pasando, eso sí, por un adecuado maquillaje de especulación mental, consecuencia de una evidente incapacidad creadora.

En ocasiones, una precipitación de ideas puede confundirnos y apartarnos de algún objetivo, generando tal nivel de ruido que distorsione cierto resultado final, corriendo el peligro de recurrir a lecturas diferentes de lo cotidiano, generando pastiches que solo desde la habilidad dialéctica son defendibles para oídos complacientes. La maestría, el oficio, la técnica, pueden ayudar en ese momento, a establecer la relación adecuada que sirva de filtro y depurativo para acercarnos a lo particular, a lo propio; no para depender de ellos, sino para que desde el subconsciente no perturben al consciente y dejen libertad en el proceso de creación. Controlar y utilizar las partes aleatorias que residen en este proceso, nos evitará combinar de forma aleatoria las distintas partes del mismo.

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