Una relación personal entre música y danza

En esta relación música y danza caminan juntas aunque tengan el paso cambiado o su longitud sea diferente, en el camino sintonizarán pues, como vasos comunicantes que son, tienen la necesidad de entenderse y ayudarse.

Es una relación abierta, sin condiciones preestablecidas, donde la danza no es marioneta ni comparsa de la música, por lo que ha de estar vigilante ante posibles seducciones para utilizarlas en beneficio de ambas. Cualquiera de ellas puede excitar a la otra mediante un estímulo que enriquezca la relación. Y aunque sean lenguajes diferentes forman parte de un mismo guión que requiere de una lectura común para que se establezca la relación. Ambas, desde sus lenguajes, tienen la capacidad de proponer cuestiones y argumentos sin necesidad de resolverlos si así lo consideran.

La obra de danza genera eventos con valor en sí mismos, donde las referencias a otros lenguajes solo las utiliza para facilitar la comprensión de lo no medible, pero no es la razón de su existencia, y si introduce una acción teatral, lo hace para ayudar a localizar una situación, un ambiente o un entorno despersonalizado, pero no como acción narrativa que cuente una historia para explicar el contenido de la obra. El contenido está en la propia danza donde la pasión prevalece sobre el resto de variables.

Técnica y virtuosismo permanecen en un segundo plano, desde la distancia, para dejar paso a la pasión que es la verdadera motivadora de la danza y transmisora de emociones.

En esta relación la danza no busca hilos conductores, siempre que sea posible, ni argumentos con historias ajenas que pueden distraer y confundir a su creación, tampoco se deja llevar por músicas con excesiva capacidad emocional que la induzcan demasiado.

La danza con pasión en complicidad con la música tendrá el premio de la emoción.

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