De la arquitectura de los sonidos y sus silencios, de la combinación entre ellos y las melodías que generan:

 Si el origen de la música está en la apreciación de los sonidos del yunque de un herrero, no es extraño oír cómo un cantero asocia rítmicamente el repique de su cincel sobre la piedra, o a un peón picar el yeso de una pared repitiendo sistemáticamente el mismo número de golpes. El zapatero golpea su martillo según una distribución determinada y pule el canto de las suelas con sucesivas pasadas rítmicas de la pulidora. El peluquero alivia sus dedos con sucesivos cortes al aire de las tijeras, para concluir con tres certeros del mechón seleccionado que sienten el paso del cabello por su filo, y que acabará con una pasada del peine mientras observa el resultado. Es más, si hiciéramos un seguimiento, seguramente la frecuencia de sonidos estaría formada por combinaciones de uno, dos, tres… golpes, que con sus respectivos silencios se podrían asociar a compases producto de la experiencia rítmico-vital de cada uno

Como estas, podríamos encontrar multitud de situaciones en las que el sonar de los objetos, producido por la acción del hombre, es asociada a un determinado ritmo. Es decir parece inevitable ordenar el trabajo repetitivo, apoyándose en los sonidos que genera su ejecución según unas determinadas pautas conocidas, dejando cada vez al alea de los sonidos menos posibilidades de actuar.

Encontré una:

Fue al entrar en un garaje por la rampa de acceso. Según bajaba por ella las baldosas sonaron al paso de las ruedas. ¿Cuáles?: las que el tiempo, la colocación, la situación en que se encontraban, el estado del mortero, el día de la semana, la manera en que ese día se levantó el solador, el grado de fraguado de la baldosa… En fin toda una serie de factores impredecibles. A pesar de esta situación aleatoria al realizar repetidas veces esta operación encontré un orden.

Hasta que un día alguien decidió que esas baldosas había que colocarlas “bien”.

El resto es fácil de imaginar, excepto para quien tomó aquella decisión, sin saber que la bondad de las cosas no es necesariamente algo absoluto.

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