Cuerpo, espacio y sonido, relacionándose en el tiempo, modulan la creación artística.

El cuerpo, instrumento como uno más, puede reaccionar frente al estímulo sonoro, compartiendo una relación de simpatía o coexistiendo con independencia, sin ignorarlo. En el primer caso el cuerpo y su capacidad torácica actuando como caja de resonancia sobre el resto de las partes del organismo, vibra, late, y entra en sintonía con el estímulo. Sintonía que nos hace seguir a la música persuadidos por ella, pudiendo llegar a anular la mente, trivializando la danza, y conduciéndonos por un proceso lineal de fácil asimilación. En el segundo caso el cuerpo responde a esa acción, mediante un proceso mental que modula las señales y las convierte en pieza elaborada, donde sonidos y cuerpo dialogan con independencia del idioma que hablen. El proceso deja de ser lineal y abre distintos caminos, independientes o no, que permiten realizar feedbacks de retroalimentación. Ambos son compatibles y su combinación puede ayudar a valorarlos. Es más fácil trasmitir cuanto más nos adaptemos a la pulsión de los sonidos y nos acerquemos al aspecto más animal y primitivo de la danza. Pero también es más fugaz. Si ya se trata de un hecho efímero es bueno tener argumentos para seguir pensando en ella.

En cualquier actividad artística existe una excitación emocional en el momento de la creación. Si la creación es algo muy personal e intimo, en la danza donde el propio cuerpo es objeto de arte, esa excitación es algo que se comparte con el público, transmitir y percibir esa intimidad es un dialogo que solo en contadas ocasiones podemos sentirla emocionándonos, y que diferencia a los buenos de los mediocres.


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